… y supe que había monstruos

Creo que la primera vez que reconocí el sexo fue como espectadora. Yo tenía ocho años, quizá nueve. Estaba en el parque con M., mi hermana mayor: unos cuatro años másque yo. Ambas llevábamos el uniforme escolar: una falda con tartan rojo y azul y una camisa blanca de manga larga. Aún recuerdo el rostro de M., guapísima, con aquel mechón pegado a la sién sudada, pues habíamos estado corriendo y jugando.

M. me contaba algo, o yo a ella. Ambas reíamos, y entonces me fijé en el hombre que paseaba al perro. De unos cincuenta años. M. no podía verlo bien, pues lo tenía justo a su derecha, completando el ángulo recto con ella en el centro y conmigo sobre la otra línea. Así que yo sí ude verlo. Jamás había visto algo así: el desconocido miraba a M., pero de un modo en que nunca había visto mirar. Lo primero que me sorprendió es que una niña pequeña e insignificante pudiera ser objeto de atención para un hombre adulto. Después el modo en que la deseaba con aquella mirada. Y sentí miedo. Supe que si estuviéramos en una isla desierta el señor habría soltado a su perro, habría venido hacia nosotras y se habría apoderado de M. No podía saber con qué intención lo habría hecho, pero estaba claro que se habría apoderado de ella. Como de un tesoro. Y sentí miedo. Y aún lo siento cada vez que contemplo cómo un hombre mira a una chica distraida. Lo peor es que, al mismo tiempo, me excita. Y me siento mal -un poco culpable- cuando eso ocurre.

Leave a Reply