¿Corrección política? Multiplícate por cero, mamón

No puedo más, me cansa, me agota, me saca de quicio, no la soporto, me faltan adjetivos.. ¡Hablo de la corrección política! Sobre todo de la que tiene que ver con el lenguaje. El lenguaje sirve para comunicarnos, para hacerlo con eficacia y, también, para disfrutar con él, pues el lenguaje -cada una de las lenguas que hablamos- es el mayor caleidoscopio del universo, y con él podemos crear hasta el infinito nuevas formas sorprendentes, imprevistas. La poesía y la literatura en general serían como un laboratorio donde expertos y conocedores consumados de la cosa no dejarían de ensayar las formas más audaces. Luego los demás nos dedicamos a convertir esos descubrimientos en pret a porter de cotidiano quita y pon. Hasta que acaban convertidos en saldos de bararatillo para desarrapados mentales, auténticos sans culottes del espíritu: el primero que le dijo a una mujer que sus dientes eran perlas fue un genio. El último que lo haga sera, sin duda, un gilipollas.

Pero hay saldos lingüísticos que no proceden de la literatura, sino directamente de la estupidez. Uno de ellos es esa guerra declarada en nombre del feminismo y de la “visibilidad” de la mujer (¡te cagas, Ramona!) al masculino genérico. Sinceramente, como mujer nunca me he sentido marginada ni dolida cuando un profesor se ha dirigido a nosotros como “los alumnos”, o nos ha invocado a través del “vosotros”. Lo de decir “alumnos y alumnas” es innecesariamente torpe. Todo un obstáculo para la agilidad de la comunicación. El contexto también habla, y es sobradamente elocuente para indicar que “alumnos” va también por nosotras. La alternativa de los meapilas de la corrección política que reconocen la dificultad de andar todo el día distinguiendo masculino y femenino es recurrir a nombres colectivos, como “alumnado”, “ciudadanía” etc.

Pero, un momento, ¿Qué es peor, perder el género gramatical o la individualidad? Porque “alumnado”, a diferencia del -a mi juicio- preferible “alumnos” lo que hace es subsumir a todos y cada uno de los estudiantes en una entidad colectiva. Se parece mucho a lo que ocurre con “hormiguero”, “enjambre”, “jauría”, “marabunta”… Es un singular totalizador, igualador, colectivo. Y, ya puestos, si hay señoritas -y señoritos- a quienes tanto les ofende la asimilación del femenino en el masculino genérico, a mí me jode mucho más que mi individualidad se disuelva en una de esas entidades colectivas que acaban siendo más que la mera suma de sus partres: ¡Ea! No me da la gana de ser célula agregada de un colectivo llamado “ciudadanía” o “alumnado”, o “estudiantina”. Yo soy la ciudadana Esther R. (como tantos otros ciudadanos). O Esther R., alumna universitaria (como el resto de mis compañeros, de todos y cada uno de ellos). Porque, puestos a ser histéricos, a lo mejor se empieza hablando de alumnado y se acaba nacionalizando la banca. No sé.

Y lo peor son algunos de los argumentos empleados por personas a quienes se les supone cierta autoridad intelectual (y a quienes de hecho el Estado les confiere autoridad académica). Por ejemplo, en esta estupenda entrada sobre el tema del blog de Santino , Pilar C., que es “blogfesora” (impronunciable neologismo que designa a una profesora con blog) afirma:

Si bien es cierto que las palabras sólo reflejan la realidad y que, cuando la realidad cambie de raíz, el cambio vendrá por su propio peso, también es cierto que, a veces, no está de más un pequeño empuje La lengua, en algunos aspectos tan vital y evolutiva, es, en otros, bastante conservadora y no creo que se trate sólo de sensibilidades feministas. Lo que no se nombra es o porque no existe o porque no se quiere reconocer su existencia y la parte femenina de la humanidad queda muchas veces ignorada en el masculino genérico, guste o no guste a académicos y puristas lingüísticos. [Mi negrita]

Eso de que lo que no se nombra no existe o no se quiere reconocer que existe… ¿se lo han dicho, se le ha ocurrido, es un axioma evidente, o una conclusión demostrada? O sea, cada vez que el profesor se dirige a los alumnos es que o no quiere reconocer la existencia de ¡la mitad de la humanidad! (no sólo de sus alumnas) o éstas y el resto de las mujeres no existimos. ¿Pero alguien se ha puesto a considerar detenidamente este tipo de afirmaciones? No es más que una de esas fórmulas ingeniosas que parece que dicen algo -algo profundo- hasta que una se para ante ellas y las piensa. Y entonces, por fortuna -como decía Lawrence Durrell- interviene la risa. Y a mí me duele el abdomen de releerla al tiempo que me pregunto si mi coño es masculino o mi vagina una travestida. O si el “mamón” al que me refiero en el título puede ser también “mamona”. O por qué en televisión nunca se añade el género femenino cuando se habla de “los terroristas más buscados”, “los desconocidos atracadores del banco” o del paradero de “los asesino. También me pregunto si cuando se cedía el paso a las señoras y se hablaba de “damas y caballeros” las mujeres padecerían menos machismo que cuando hoy, un profesor universitario corriente y moliente habla de “los alumnos”. y hace desaparecer de golpe -ni David Copperfield. a la mitad de la humanidad.

Para acabar, a mí me parece que estamos sustituyendo un puritanismo clerical por otro presuntamente progresista. Pero en el fondo, se trata de lo mismo: en nuestra sociedad siempre han sobrado meapilas, ya sean de capillita o de presuntos agentes de la emancipación mundial. Por mi parte, seguiré tratando de llamar al pan, pan y al vino, vino.

One Response to “¿Corrección política? Multiplícate por cero, mamón”

  1. Leónidas Kowalski de Arimatea Says:

    Totalmente de acuerdo con esta entrada, especialmente el último párrafo me ha parecido acertadísimo. Bravo.

Leave a Reply