Francisco Umbral
Tuesday, August 28th, 2007
Voy a echar mucho de menos la prosa de Francisco Umbral. Parecía como si en vez de con pluma -o con olivetti- escribiera con bisturí. También al personaje. Nunca entenderé a quienes se se escandalizaron por el número que le organizó a Mercedes Milá cuando le exigió que se hablara de su libro. A diferencia de otros, Umbral vivía de escribir y de vender libros y artículos. A él se los compraban los lectores, y no los ayuntamientos las cajas de ahorros. ¿Por qué no va a intentar venderlos, si vive de eso? Y si la Milá le prometió que le llamaba para hablar de su libro, él hizo bien en reprochárselo cuando se percató que la astuta presentadora le estaba dando gato por liebre. Con un par. Los escritores no están obligados a hacer obras de caridad, y menos con los programas de la tele. En cambio, deben vender libros, si es que desean vivir honradamente de su trabajo.
Hace tres o cuatro años leí impresionada Mortal y rosa. Sin embargo, el fragmento que pego a continuación, a modo de modesto homenaje, pertenece a su obra Las ninfas:
Un adolescente es un proyecto de adulto que fracasa todos los días para volver a empezar(…)
Sabíamos, sin haber leído aún a Baudelaire, que hay que ser sublime sin interrupción. Baudelaire, aquel eterno adolescente, lo había escrito para nosotros, pero aún no lo habíamos leído, y era como si no lo hubiera escrito. Yo quería ser sublime sin interrupción, y cada mañana acuñaba mi sublimidad, pero el día la iba llenando de interrupciones: la interrupción del estudio, del trabajo, de algún recado familiar (todavía) e incluso la interrupción del sexo, del cuerpo, del retrete, del erotismo, que entonces no era ninguna de esas cosas y era todas a la vez.
Porque la masturbación no era romántica ni científica ni clásica ni apolínea ni dionisíaca (puede que fuese dionisíaca, sólo que no lo sabíamos). La masturbación aún no tenía encaje en la cultura, en nuestro panorama cultural de sublimidad, y sin embargo había que masturbarse. Y quizá la masturbación, que no me cansaba el cuerpo (contra lo que decían los curas) sí me cansaba el alma,porque después de la masturbación toda la persona quedaba desestructurada, todo el personaje se venía abajo, y había que volver a empezar de nuevo por el principio, lo cual era un poco agotador. Se fabrica uno penosamente un clasicismo durante una semana y de pronto un golpe dionisíaco, en tres minutos, lo echa todo por tierra, deja en ruinas nuestros Partenones interiores y uno vuelve a ser un paria que vaga por las estepas y las nebulosas de la falta de personalidad. Los médicos lo llamarían más tarde crisis de identidad. El adolescente sufre muchas crisis de identidad. No sólo la angustia de no
saber quién es, sino, sobre todo, la angustia de no saber quién quiere ser, cómo quiere ser, qué quiere ser en la vida.
ACTUALIZACIÓN: Las columnas de Umbral.


